Es un hecho que buena parte de las
decisiones económicas relevantes se toman en escenarios donde hay información
disponible, pero no certeza, y en muchos casos, ni siquiera una probabilidad mayoritaria
dominante. Pasa cuando cambia un gobierno y aún no sabemos si su programa
económico va a sostenerse. Pasa también cuando el mercado sube con fuerza y no
queda claro si estamos ante una recuperación real o ante otro entusiasmo
exagerado. Y pasa, del mismo modo, cuando alguien debe apostar por un proyecto,
cambiar de trabajo, invertir sus ahorros o simplemente esperar. En todos esos
casos los datos importan, pero no alcanzan: el futuro nunca puede calcularse
del todo. El componente de incertidumbre
siempre existe.
Y, sin embargo, igual decidimos, no
queda otra.
Ahí aparece una idea que resulta cada
vez más interesante: las narrativas de convicción. Dicho en
palabras simples, las personas muchas veces no actúan porque tengan certeza o
alta probabilidad, sino porque logran construir una historia plausible sobre
lo que puede venir. Una historia que ordena los hechos, les da cierta
coherencia y, sobre todo, permita avanzar aun cuando la duda siga ahí.
Hay una cuestión de concepto que es muy
importante: la convicción no es lo mismo
que la certeza. No es tener garantía de que uno tiene razón, es algo más
humano, y también más realista: alcanzar un grado suficiente de seguridad
subjetiva como para hacer algo. Comprar. Vender. Esperar. Apostar. Cambiar.
Sostener.
En economía y/o finanzas esto se ve
con mucha claridad. Pensemos en un inversor mirando Argentina. Tiene delante
una mezcla de señales: inflación que baja, reservas que todavía generan dudas,
riesgo político, humor social cambiante, mercados internacionales volátiles.
Los datos existen, pero no vienen con instrucciones de uso. No dicen por sí
solos qué hacer. Para actuar, hace falta interpretarlos, y esa interpretación
suele tomar la forma de un relato.
Por ejemplo: “esta vez hay un cambio
de régimen y los activos todavía tienen recorrido”. O el relato opuesto: “la
calma actual es frágil y el mercado está exagerando la mejora”. Ninguno de los
dos es un simple dato. Son narrativas. Formas de conectar presente, pasado y
futuro. Y cuando una de esas narrativas logra volverse suficientemente
convincente, aparece la decisión.
En el fondo, lo que estas narrativas
hacen es ayudarnos a convivir con una tensión que siempre está presente. Toda
decisión importante mezcla atracción y temor. Si uno compra, teme equivocarse.
Si no compra, teme quedarse afuera. Si uno espera, corre el riesgo de llegar
tarde. Si se mueve demasiado rápido, corre el riesgo de anticiparse mal. La
narrativa de convicción no elimina esa ambivalencia, pero la vuelve soportable.
Le pone una forma. Le da dirección.
Y eso es lo que nos lleva a que, para
entender la economía real, no alcanza con mirar solo variables “duras”. Hay que
mirar también cómo esas variables son
contadas, interpretadas y discutidas. Porque entre el dato y la acción no
hay una autopista directa, sino un espacio intermedio donde operan las
percepciones, las emociones y, sobre todo, las historias que nos contamos para
hacer inteligible un mundo incierto.
En este punto, la idea conecta
bastante bien con algo que el nobel Robert Shiller viene planteando hace
tiempo: la economía está atravesada por
narrativas que se difunden socialmente, se contagian, se amplifican y
terminan influyendo en decisiones concretas. No se trata solo de estadísticas o
fundamentos, sino también de relatos
que ganan fuerza pública. Historias sobre crisis, recuperación, decadencia,
reforma, estabilidad, derrumbe o futuro promisorio.
La noción de narrativa de convicción agrega algo más a ese cuadro. No solo
muestra que las historias circulan. Muestra también que las necesitamos para
actuar cuando el futuro no ofrece certezas suficientes. En otras palabras, no
son apenas adornos del debate económico. Son herramientas de orientación.
Y quizás ahí haya una enseñanza más
amplia, más allá de las finanzas. En la vida, muchas veces no damos un paso
porque tengamos todo resuelto, sino porque encontramos un relato suficientemente sólido como para justificar ese paso. No una
certeza matemática. Apenas una historia que nos permite decir: “con todo lo que
no sé, igual esto me hace sentido”.
Tal vez por eso convenga prestar más
atención a las narrativas. No para reemplazar el análisis serio, sino para completarlo. Porque en un mundo
incierto, las personas no decidimos solo con información. Decidimos también con
marcos de sentido.
Y en economía, como en casi todo,
muchas veces actuar es encontrar una historia que nos permita hacerlo.
Bibliografía:
1.
Fenton-O’Creevy,
M., & Tuckett, D. (2022). Selecting futures: The role of conviction,
narratives, ambivalence, and constructive doubt. Futures & Foresight
Science, 4(3–4), e111. https://doi.org/10.1002/ffo2.111
2.
Johnson,
S. G. B., Bilovich, A., & Tuckett, D. (2023). Conviction narrative theory:
A theory of choice under radical uncertainty. Behavioral and Brain Sciences,
46, e82. https://doi.org/10.1017/S0140525X22001474
3.
Mousavi,
S., & Gigerenzer, G. (2014). Risk, uncertainty, and heuristics. Journal
of Business Research, 67(8), 1671–1678. https://doi.org/10.1016/j.jbusres.2014.02.013
4.
Shiller,
R. J. (2017). Narrative economics. American Economic Review, 107(4),
967–1004. https://doi.org/10.1257/aer.107.4.967
5.
Tuckett,
D., & Nikolic, M. (2017). The role of conviction and narrative in
decision-making under radical uncertainty. Theory & Psychology, 27(4),
501–523. https://doi.org/10.1177/0959354317713158
Comentarios
Publicar un comentario